domingo, 26 de febrero de 2012

ASESINOS DEL PENSAMIENTO: LA BATALLA POR EL CONTROL DE LA MENTE (1)

Cuando hablamos de conspiración, hablamos esencialmente de poder. Los que conspiran buscan dominar a sus semejantes, sus cuerpos y, en especial, sus mentes. La existencia de fabulosos medios subliminales para manipular psicológicamente a las personas es uno de los grandes tópicos de las teorías de la conspiración. Un tópico que en modo alguno es infundado.

La Agencia Central de Inteligencia norteamericana, durante buena parte de su historia, se dedicó a experimentar con todo un complejo arsenal de drogas, implantes electrónicos, hipnosis y otras herramientas para el lavado de cerebro, cuyas cualidades y aplicaciones fueron estudiadas durante el llamado Proyecto MkUltra. La historia del avance científico ha dejado virtualmente inexplorado un territorio cuyas aplicaciones prácticas han interesado vivamente a la mayoría de los servicios de inteligencia: el control de la mente humana. La tentación de poseer la llave de la voluntad del hombre ha provocado que, desde hace años, se venga experimentando de forma más o menos clandestina con diversos métodos para obtener el dominio sobre la mente ajena. En este menester se ha invertido una ingente cantidad de dinero y esfuerzo cuyos resultados han sobrepasado en más de una ocasión las expectativas de los patrocinadores de tales experimentos.

Para comenzar nuestro relato deberíamos remontarnos a los alegres años veinte. Por aquellas fechas, el doctor Albert Hofmann, que trabajaba en los laboratorios de la empresa farmacéutica Sandoz, estaba a punto de realizar un hallazgo que cambiaría para siempre la historia de las drogas: la síntesis del LSD, el alucinógeno por antonomasia. Tras retirarse de su trabajo como director de investigación en los laboratorios Sandoz de Basilea, Albert Hofmann decidió poner por escrito los acontecimientos que rodearon el descubrimiento del LSD-25, un compuesto psicodélico destinado a revolucionar la sociedad occidental. Su descubrimiento, como tantos otros, había sido fortuito y se debió en realidad a un accidente de laboratorio. Hofmann trabajaba en un proyecto encaminado a encontrar una cura para la migraña. Suponía que la dietilamida del ácido d-lisérgico, un compuesto sintetizado a partir del cornezuelo del centeno, podría ser parte de la solución al problema. Cierto día, trabajando en el laboratorio, uno de sus guantes de goma se rompió sin que él se diese cuenta, e inadvertidamente su piel entró en contacto con la sustancia. Al principio no notó nada, pero al poco rato se vio asaltado por una serie de alucinaciones que lo llenaron de estupor. Cuando consiguió sobreponerse, si de algo estaba seguro el doctor Hofmann era de que aquello no curaría a nadie la migraña.

Un estudio más detallado de la sintomatología determinó que el LSD induce alteraciones transitorias del pensamiento, del tipo de una sensación de omnipotencia o un estado de paranoia agudo. También se han descrito reacciones a largo plazo como psicosis persistente, depresión prolongada o alteración del juicio. Así quedaron las cosas hasta que, a principios de los años sesenta, los medios de comunicación norteamericanos -en especial la revista Life, cuyo editor Henry Luce ya había probado la droga- comenzaron a divulgar una serie de artículos que promovían descaradamente el consumo de LSD como forma de “abrir la percepción”. En un reportaje de Marzo de 1963, Luce confesaba haber tenido algunas experiencias de este tipo junto a su esposa Clare Boothe, y defendía vehementemente la inocuidad del LSD ya que “se extraía de un producto natural”. Es famosa la anécdota que nos cuenta cómo un día el magnate decidió jugar un partido de golf bajo los efectos del ácido lisérgico. Finalizado el encuentro -de cuyo desarrollo no sabemos nada-, Luce sorprendió a los presentes relatándoles con todo detalle una “pequeña charla” que acababa de tener con Dios.

La CIA mantenía contactos con los esposos Luce, y todo parece indicar que la agencia se encontraba detrás de esta euforia alucinógena sirviendo de “camello” al matrimonio y a sus no menos influyentes amigos. Aunque la historia sea conocida, vale la pena mencionar los detalles esenciales.

Entre los célebres dioses del Olimpo de la psicodelia que tuvieron la oportunidad de probar por primera vez el ácido a través del “desinteresado” patrocinio de la CIA estaban el autor de “Las puertas de la percepción” y “Un mundo feliz”, Aldous Huxley; el letrista del grupo Grateful Dead, Robert Hunter; el novelista Ken Kesey y el “sumo sacerdote” del LSD, Richard Alpert. La agencia puso especial cuidado en la psicodelización de Henry Luce, que, ejerciendo su condición de líder de opinión, incitó a millones de individuos a través de la revista Life a que tuvieran experiencias con alucinógenos, inspirando ni más ni menos que a Timothy Leary, el más psicodélico de todos los psicodélicos, para que iniciara su particular búsqueda del “hongo mágico”. Tal demanda hizo que la CIA se hiciera con los servicios de una firma farmacéutica estadounidense para sintetizar importantes cantidades de ácido lisérgico que más tarde sería utilizado con diversos propósitos. La Agencia Central de Inteligencia norteamericana no quería depender de una compañía extranjera como Sandoz en el suministro de una sustancia que consideraba vital para los intereses de la seguridad estadounidense. Así pues, se solicitó a la Eli Lilly Company de Indianápolis que intentase sintetizar un suministro de LSD totalmente norteamericano.

A mediados de 1954 Eli Lilly obtuvo por medios aún no aclarados la fórmula secreta, que se custodiaba como si de las joyas de la Corona se tratara en los laboratorios Sandoz: “Esta información debe ser considerada como alto secreto”, afirmaba al respecto un memorando interno de la CIA, “y debe ser mencionada de manera altamente restrictiva”. El plan iba mejor de lo que se esperaba y responsables de la firma estadounidense aseguraron a la CIA que “en cuestión de meses se podrá disponer de toneladas de LSD”. A título anecdótico indicaremos que fueron científicos de los laboratorios Lilly los que acuñaron la palabra “viaje” para describir la experiencia alucinógena. Mientras la élite intelectual obtenía sus recetas de la mano de sus psiquiatras, otros pioneros de los nuevos territorios psíquicos fueron empujados por la puerta trasera, como conejillos de Indias, en experimentos controlados por la CIA. Se sabe que al menos una persona se suicidó, tras ser sometida sin su conocimiento a uno de estos experimentos, lanzándose desde la ventana del hotel en el que se hospedaba en Nueva York ante la mirada impotente del agente de la CIA encargado de su vigilancia (es posible que el agente hiciera algo más que vigilar y ayudase de alguna manera a silenciar definitivamente a un testigo molesto). Eran los primeros coletazos del Proyecto MkUltra.

La CIA y el LSD MkUltra era el nombre en clave de una operación a gran escala organizada por el Equipo de Servicios Técnicos de la CIA (TSS) con el propósito de llevar a cabo investigaciones sobre la alteración del comportamiento humano, especialmente a través del empleo del LSD y utilizando a civiles inocentes como sujetos experimentales143. “Mk” era el prefijo genérico que tenían todas las operaciones de control mental (mind control) y “Ultra” provenía de la red de inteligencia organizada por los estadounidenses en la Europa dominada por el III Reich, una batallita de la que los veteranos agentes de la recién creada CIA se encontraban especialmente orgullosos. El padre del proyecto fue Richard Helms, quien más tarde se convertiría en director de la agencia y que adquirió posteriormente cierta relevancia en relación con el escándalo Watergate.

Entre 1953 y 1964 MkUltra (desde esa fecha hasta 1973 el programa continuó bajo el nombre de MkSearch) cometió algunas de las peores atrocidades y más flagrantes violaciones de los derechos humanos de la Historia de Estados Unidos. De hecho, muchos de los experimentos llevados a cabo en el marco de este proyecto diferían muy poco de los ejecutados por los médicos nazis en los campos de exterminio; es más, algunos fueron llevados a cabo por médicos que habían prestado sus “servicios” en campos como Dachau y cuyos conocimientos, especialmente interesantes para las autoridades estadounidenses en los tiempos de la Guerra Fría, les habían valido para escaparse por la puerta de atrás de la acción de los tribunales de Nuremberg. La Agencia Central de Inteligencia tenía buenas razones para interesarse por el empleo del LSD como agente modificador del comportamiento. Una era utilizarlo, contraviniendo la convención de Ginebra, en la obtención de información de prisioneros de guerra o de agentes secretos enemigos. Otra, determinar el posible empleo del ácido lisérgico como arma de guerra química. Existía una tercera aplicación del LSD que atraía sobremanera al sector más visionario del TSS: utilizarlo como herramienta de perturbación social en países enemigos, bien popularizando su uso como estupefaciente o bien introduciéndolo subrepticiamente en la red del suministro de agua. En los años sesenta, según demuestran documentos secretos recientemente desclasificados en Estados Unidos, la CIA llegó a considerar seriamente la posibilidad de emplear este tipo de estrategias contra el régimen de Fidel Castro y, lo que resulta más sorprendente aún, para el control de la propia población de Estados Unidos.

En este entorno, la experimentación con sujetos no avisados era fundamental, ya que el TSS necesitaba, previamente a poder llevar a cabo estos planes, obtener datos de los efectos de la droga en situaciones de la vida real. Un paradigma de los extremos a los que se llegó lo constituye un memorando interno de la CIA, fechado el 15 de Diciembre de 1954, que recoge la propuesta del TSS de introducir cierta cantidad de LSD en el ponche que se serviría en la fiesta de Navidad que la agencia daba anualmente a sus empleados. En el citado documento, que deniega el permiso para llevar a cabo esta experiencia, se dice que el ácido lisérgico puede “producir serios trastornos durante períodos de 8 a 18 horas y posiblemente más, por lo que no se recomienda probarlo en las fuentes de ponche habitualmente presentes en las fiestas de Navidad de la oficina”.

Sin embargo, aquélla no era la primera vez que se intentaba realizar experimentos con el propio personal de la CIA. El 19 de Noviembre de 1953 Frank Olson, científico del Departamento de Defensa y experto en guerra bacteriológica, además de colaborador en el Proyecto MkUltra, fue intoxicado deliberadamente con una alta dosis de LSD introducida en una copa de Cointreau que le fue ofrecida en una instalación secreta situada en la inmediaciones de Deep Creek Lake (Maryland). Cuando conducía de regreso, comenzó a ver con pavor cómo los coches con los que se cruzaba en la carretera se convertían en terribles monstruos de ojos aterradores. Olson estacionó en la banquina, presa del pánico, e informó a la agencia sobre su insólita situación. Durante los siguientes ocho días se comportó de una manera que sus allegados describieron más tarde como “paranoica” y “depresiva”. La Agencia Central de Inteligencia norteamericana comenzó a hacer preparativos para poner al agente bajo tratamiento, pero antes de que pudieran tomar alguna medida en este sentido Olson alquiló una habitación en un hotel de Nueva York y se arrojó por una ventana del décimo piso. La CIA encubrió su papel en la inmolación de Olson y tuvieron que pasar veintidós años antes de que su familia pudiera conocer lo que verdaderamente había sucedido. Un comité del Senado establecido para investigar este tipo de prácticas llegó a la siguiente conclusión: “Desde su comienzo a principios de los 50 hasta su fin en 1963, el programa de administración subrepticia de LSD a sujetos humanos involuntarios e inadvertidos demostró la carencia de liderazgo de la CIA a la hora de atender adecuadamente los derechos de los individuos y dirigir con efectividad a sus propios empleados. Pensamos que era un hecho conocido que tales experimentos eran peligrosos y ponían en grave peligro las vidas de los individuos sometidos a ellos. (...) Aunque estaban siendo violadas claramente las leyes de Estados Unidos, los experimentos continuaron”.

(Fuente: Santiago Camacho, "20 grandes conspiraciones de la historia", Ed. La Esfera de los Libros, Madrid, 2005)

No hay comentarios:

Publicar un comentario