viernes, 27 de abril de 2012

"¡A MÍ, DÁDMELO HECHO!": LOS AGUJEROS NEGROS DEL 23-F (I)


Después del fracaso de la intentona golpista del 23-F del 81 se difundieron muchas informaciones sesgadas o falsas, pero más grave aún fue el hecho de que los documentos que hubieran permitido reconstruír los sucesos de aquella jornada fueron deliberadamente ocultados. Así, por ejemplo, las grabaciones de las conversaciones telefónicas habidas esa tarde-noche entre el Palacio de la Zarzuela y el Congreso, el Cuartel General del Ejército, la sede de la Junta de Jefes del Estado Mayor y las capitanías generales sencillamente "desaparecieron".

El responsable de su custodia, el ministro del Interior Juan José Rosón, llegó a declarar que su contenido era "dinamita", y que lo mejor es que nunca salieran a la luz. "Alguien" debió de acordarse de lo perjudiciales que para Nixon resultaron en su momento las grabaciones de la Casa Blanca que demostraron su implicación en el escándalo "Watergate", que le costó la presidencia.

Idéntica suerte corrió el llamado "informe Jáudenes" del Cesid. Todo lo que sabemos del golpe es historia oral, pero aún así la coincidencia de las distintas versiones es tal que Jesús Palacios ha podido publicar ("23-F, el Rey y su secreto", Libros Libres, Madrid, 2010), sin consecuente querella por parte de la Casa Real, que "el Rey estuvo absolutamente involucrado en la operación", una operación cuya finalidad era "corregir" el rumbo político de los acontecimientos y que buscaba ser refrendada "a posteriori" por el Parlamento en pleno, reunido como todo el mundo sabe para  la investidura del nuevo presidente del gobierno.

Solo que los diputados contaban con votar a Leopoldo Calvo Sotelo, relevo del defenestrado Adolfo Suárez, y los golpistas con forzar un gobierno de coalición que, presidido por el general Alfonso Armada, mentor del Rey durante la formación militar de éste -y máxima "cabeza de turco" tras fracasar la operación-, consiguiera forzadamente el voto favorable de la Cámara y fuera, en consecuencia, "legalizado" de facto.

Una maniobra similar había sido brillantemente culminada por el general Charles de Gaulle en 1958, al forzar a la IV República francesa a reconocerle como jefe de gobierno y posteriormente Presidente de la V República. Aquella arriesgadísima operación, que se ejecutó sin derramamiento de sangre, conjuró una previsible guerra civil, y el grado en que inspiró 23 años más tarde la intentona del 23-F es patente en la denominación "operación de Gaulle" con que el CESID bautizó la intentona doméstica.

Pese a la hábil maniobra propagandística de presentar al Rey como la figura que abortó la intentona golpista, la verdad es que la permitió -o dirigió- hasta que ya no fue posible culminarla con éxito. De ahí la frase que inicia esta entrada, y con la que el monarca respondía a quienes le aseguraban que un "golpe de timón" era la única solución posible a una situación política que se consideraba un callejón sin salida.

Si no se pudo culminar aquella operación no fue por la reacción del Borbón asegurándose la obediencia de los mandos militares, pues los participantes en la intentona creyeron en todo momento estar obedeciendo las órdenes y deseos del Rey, una constante de los sublevados que se inicia desde que en el acuartelamiento de la Guardia Civil en la calle Príncipe de Vergara se solicitan voluntarios para "prestar un gran servicio al Rey y a España", presentándose quienes, sin saber a qué iban, tomaron el Congreso a las órdenes del teniente coronel Tejero.

El golpe fracasó desde el momento en que Tejero, comprendiendo que había sido utilizado para un plan distinto de aquél en que creía (un golpe de Estado en toda regla que diese lugar a la instauración de un gobierno militar), niega la entrada al Congreso al general Armada y frustra toda posibilidad de que la "Operación De Gaulle" pueda culminarse sin sangre. Armada se rinde a la evidencia de que solo a tiros puede abrirse paso hasta el Hemiciclo y renuncia a recabar el refrendo de los diputados a su pretensión de salir investido presidente de un gobierno de concentración nacional. Ahí empieza el "sálvese quien pueda", la desactivación de todo el plan y la puesta en escena de una supuesta intervención heróica de don Juan Carlos tomando las riendas de la situación. La machacona propaganda gubernamental ha insistido en esta sesgada versión tan eficazmente que muchos siguen repitiendo que el Rey "salvó la democracia" en aquella jornada.

Aunque no parece tan digna de agradecimiento la acción de aquél que apaga un fuego si él mismo es el pirómano.

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