viernes, 18 de mayo de 2012

“JUAN CARLOS HIZO CREER A LOS MILITARES QUE ESTABA CON ELLOS”: LOS AGUJEROS NEGROS DEL 23-F (II)


La frase que encabeza esta nueva entrada dedicada a la oscura intentona del 23-F fue pronunciada por la reina Sofía varios años después de aquellos sucesos, alentados -no cabe duda alguna al respecto- por el Rey pero siempre desde la cómoda posición (“A mí dádmelo hecho”) de resguardarse tras hombres leales a los que, llegado el caso, y seguro de su silencio, no tuvo inconveniente alguno en sacrificar.

El primer peón tras del que el monarca se protegió fue el general Armada, a quien pocas horas después de fracasado el golpe calificó de “el mayor traidor de todos” cuando su antiguo preceptor, como todos los militares implicados (salvo Tejero), estuvo en todo momento a sus órdenes. De hecho, haciendo gala de una caballerosidad de la vieja escuela incomprensible para muchos, Armada, encausado por rebelión militar en el juicio de Campamento, solicitó al Rey permiso para hacer uso de la conversación habida entre ambos diez días antes del golpe, algo que el monarca le denegó desbaratando su defensa, lo que se tradujo en una condena a 30 años de prisión por golpismo, además del injusto baldón de conspirador.

La maniobra real en la madrugada del 23 de febrero no fue, como nos ha contado machaconamente la propaganda oficial, la de un hábil contragolpe, sino la cancelación de una operación diseñada por el CESID para corregir el rumbo político de la joven democracia española y que se frustó por no haber previsto la indisciplina del teniente coronel Tejero, quien, sintiéndose dueño de la situación con su ocupación del Congreso, quiso imponer “por libre” su propia solución a la situación -un gobierno militar a la vieja usanza- en vez de someterse a las instrucciones previamente recibidas de sus mandos. La insubordinación de Tejero fue el verdadero paso del Rubicón a partir del cual fue obvio que sería imposible culminar con éxito la “operación De Gaulle”, de la que ya he hablado en la anterior entrada dedicada a los sucesos del 23-F. Confiar en un militarote tan imprevisible y visionario fue el gran error de diseño de la operación, algo que hizo verdad el dicho taoísta “si quieres cabalgar al tigre, no descabalgarás cuando quieras, sino cuando quiera el tigre”. En definitiva, fue la imprevisión respecto al factor humano lo que hizo fracasar un arriesgado intento de reconducir la situación política mediante un gobierno de concentración que a Tejero le resultaría inaceptable. Sin su insubordinación, la historia reciente de España hubiera podido ser bien distinta, dado que Armada, al intentar acceder al Congreso, llevaba en su bolsillo la lista de cargos de dicho gobierno, cuyo vicepresidente iba a ser un Felipe González en auge -ganaría por mayoría absoluta las elecciones generales celebradas un año después- y en la que figuraban representantes de las principales fuerzas políticas (PSOE, AP, UCD, Coalición Democrática, e incluso el PCE), así como miembros del ejército, la clase empresarial y la prensa.

El consenso en torno a la operación "De Gaulle" era muy amplio en la clase política (incluso el catalanista Tarradellas figura como uno de sus inspiradores, con su exigencia de un "golpe de timón" que recondujese la situación), por lo que la actitud mostrada por tantos próceres "indignados" proclamando a los cuatro vientos su lealtad a la democracia y a la Constitución los días 24 y siguientes no dejan de revestir un cinismo y una hipocresía flagrantes. Lo más paradójico era que, de haber aprobado en pleno los diputados un gobierno presidido por Armada, la maniobra hubiera sido formalmente legal y constitucional, si bien el voto bajo secuestro plantea serios reparos morales que no hubieran tardado en aflorar.

El plan del CESID (del que el monarca fue informado en su visita al Centro de espionaje a fines del verano de 1980) incurrió en cargar las tintas de la operación con el desarrollo de un Supuesto Inconstitucional Máximo (la toma del Congreso por guardias civiles) que evidenciase la necesidad de aceptar la "solución Armada" como única salida viable a la descomposición política reinante bajo una situación dramática. Se erró en suponer que alguien tan impulsivo como Tejero -quien, por entonces, no se recataba de contar a quien quisiera escucharle su plan personal para tomar la Zarzuela y obligar al Rey a asumir el poder político- iba a dejarse utilizar dócilmente, sometiéndose a sus mandos militares, Armada y Milans del Bosch, algo que, obviamente, no hizo. El "hombre de paja" resultó ingobernable, y no fue pequeño el alivio de quienes en la sombra tiraban de los hilos al comprobar que en el Congreso corrió la pólvora, pero no la sangre.

De aquella conjura de opereta (la prensa sueca llegó a publicar el delicioso titular "Un señor con bigote vestido de torero asalta el Parlamento español") la propaganda oficial nos ha transmitido una versión que ningún documento respalda, y que, analizados los hechos, resulta insostenible: el mensaje del Rey, grabado ante un equipo móvil de RTVE que salió de unos estudios tomados por la División Acorazada "Brunete" -¿"golpistas" al servicio de la Zarzuela?- tardó dos horas en ser emitido, mientras don Juan Carlos tomaba conciencia de haber estado jugando con fuego y dudaba entre asumir la iniciativa o seguir esperando acontecimientos; la Reina -no sería la primera ni la última vez- había hecho las maletas para partir en helicóptero a Barajas, y de allí a Londres, en compañía del principe heredero, Felipe -quien no estaría "soñoliento y desbordado" al lado de su padre "recibiendo una lección acerca de la responsabilidad que conlleva el trono" (la verdad es que toda esta retórica "goebbelsiana" no deja de tener su aquél)-, tras haber advertido a su marido en unos términos dignos de los grandes dramaturgos que en el pasado dio su país ("LOS MILITARES TE VAN A HACER LO MISMO QUE A TU CUÑADO, Y TE COSTARÁ EL TRONO IGUAL QUE A ÉL"); la bíblica negación de Armada por parte de la Casa Real ("Ni está ni se le espera"), que fue una iniciativa personal de Sabino Fernández Campos, quien actuó en todo momento de "cortafuegos" para preservar al Rey de una excesiva implicación con los golpistas, prudente actitud que, en un gesto típicamente borbónico, no le fue reconocido en modo alguno, dado que sería cesado años después -Juan Carlos se hartó de sus advertencias sobre sus "amistades peligrosas"- y que, incluso, llevó al monarca no asistiría a su sepelio, etc., etc. Propaganda sin derecho a réplica, cortinas de humo para ocultar la excesiva proximidad del Rey a unos hombres que quisieron darle resuelta la papeleta de solventar la grave crisis institucional que se vivía en aquel momento y que él dejó quemarse para no resultar, a su vez, expuesto.

Tras el fracaso de la operación "23-F", todos los implicados iban a tratar de eludir su responsabilidad y negar su participación. El Rey se benefició del inquebrantable sentido de la lealtad de los militares implicados, cuando la realidad es -la frase es de Jesús Palacios ("23-F, el secreto del Rey")- que "ninguno de los protagonistas del golpe se movió sin creer tener la seguridad y la certeza de que la operación contaba con el conocimiento y el respaldo real". El "cordón protector" en torno a la Zarzuela no manifestó la menor fisura, no haciendo uso ninguno de los encausados de alguno de los hilos conductores que hubieran podido conducir hasta el Rey. Pese a las cuantiosas condenas impuestas, ninguna fue cumplida en su totalidad, siendo Tejero (quince años en presidio) quien pagó más cara su participación. La integración de España en la O.T.A.N. supondría en breve un reconocimiento a la capacidad operativa del Ejército, que dejaría de lado las veleidades involucionistas para atender a los compromisos militares en el exterior (Líbano, Bosnia, Afganistán, ...) que le irían siendo confiados.

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